domingo, 21 de septiembre de 2008
[Los amores juveniles son así. Obsesivos, absolutos,a todo o nada. Lo terrible es que muchos años después uno sigacomportándose de la misma manera. Lo doloroso es que asíse quede uno: siendo una maldita obsesiva. Supuse que teníaque superarlo pero nada parecía cambiar: él seguía en mi cabeza.Lo perseguía, lo buscaba, me escondía, llamaba por teléfono y cortaba.Me sentía necesitada de su voz, de sus palabras, de su mirada.De mis inventos. De eso vivía: del timbre que le habá atribuido a la voz de él, de la personalidad que le compré, de un futuro idealjuntos, donde no existiera la diferencia de edad. En mi cabezapodiamos ser felices y no entendía por qué no se concretaba mi sueño. Me enojé con Dios y con el mundo. Dejé de creer en el Ser Divino y empecé a maldecirlo. "Si Dios existe no puede hacer esto". No pensaba que Dios estaba ocupado en cosas más importantes, por que definitivamente, para mí a los quince años no había algo más importante que él]
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